Los ríos del Municipio Zamora
Aníbal Palacios B.
Durante las primeras décadas del siglo pasado las
autoridades municipales se preocuparon por los ríos de nuestros valles, y solo intervinieron
en ellos con el fin de aprovechar el caudal para acercar sus aguas a la
población urbana. Desde entonces esos ríos han sostenido una desigual lucha
contra políticos negligentes, depredadores forestales, creyentes inescrupulosos,
funcionarios indecentes, invasores insolentes, usuarios indolentes y despiadados
dueños de autolavados que vierten el aceite de los vehículos al cauce del río con
el beneplácito de las autoridades.
Zamora es uno de los municipios con mayor riqueza hídrica
del estado Miranda y le debemos atención y cuidados para obtener provechos
sociales y económicos fortaleciéndolos, no destruyéndolos, de manera que podamos
legar a las generaciones futuras los que en buen estado recibimos de la
generación que nos precedió. A esa riqueza fluvial visible hay que agregarle la
que fluye por el subsuelo y se extrae de los pozos acuíferos mediante bombeo.
Son muchos los hogares que se benefician directa o indirectamente de estos
recursos.
Al Oeste de la población, en las montañas de Zamurito
(el pico más alto del municipio, 2049 msm), nace el río Santo Cristo, conocido como Zamurito por efectos de la suplantación
toponímica que el nombre de la antigua hacienda cafetera impone por cortesía de
los pobladores urbanos. El río Santo
Cristo discurre por las laderas y al llegar a la falda de la montaña se une
a las aguas de la quebrada Cucharón
en un sector conocido inicialmente como La Planta –por una generadora de
electricidad que allí hubo a principios del siglo XX- y que hoy llamamos Perque.
De la confluencia de esos ríos nace el Guatire,
que por obra y gracia de la comodidad lingüística popular y la negligencia de
funcionarios municipales y algunos comunicadores sociales se le conoce como El
Ingenio, ante la majestuosidad de la antigua hacienda homónima, la más
productiva de la comarca hasta mediados del siglo XX. No obstante, insistimos,
su denominación autóctona, oficial e histórica es río Guatire, nombre emblemático de la otrora apacible aldea Santa Cruz
del Valle de Pacairigua y Guatire; se trata de la toponimia aldeana en la cual
se fundamentan los orígenes de la población, por lo que es inadmisible la
distorsión. Es un punto de honor, no se negocia; no existe en el municipio
Zamora ningún río llamado El Ingenio. El río Guatire riega uno de los dos valles que sirven de escolta a la meseta
donde se erigió el pueblo; al llegar a Las Barrancas se orienta hacia el Este
en busca del río Pacairigua, al cual
se une cerca de la entrada de Sojo.
En lo que aún conocemos como la hacienda Machado,
al este de Santa Rosa, fluye Quebrada de Agua, poco conocida actualmente pero
que tuvo su importancia desde finales del siglo XIX hasta el año 1938 por la
sencilla razón de que surtía de agua al pueblo; es decir, el primer acueducto
de Guatire, cuidadosamente supervisado por el Concejo Municipal a través de un
funcionario que con el cargo de Inspector de Acueducto, realizaba permanente
labores de mantenimiento.
Un poco más al centro del territorio zamorano nace
el río Norte, cuya cabecera está
justamente en la hacienda cafetalera del mismo nombre, a una altura de 1400
metros. Una hermosa cascada, playa y balneario conocida como La Llovizna, que deleitó a varias
generaciones de guatireños, es el regalo de despedida de este río antes de
unirse al río Aguasales, para dar
vida al Pacairigua. En río Norte
regala a los ciudadanos atractivos lugares de esparcimiento como la Cascada
Paraíso, las Madamas y el Cañón, y para los más decididos –tras una larga
caminata- el pozo Araguaichú y la cascada La Llovizna. En este río ordenó Juan
Vicente Gómez la construcción de un acueducto en 1935 que entró en servicio en
1938. El agua no llegaba directamente a los hogares como con el acueducto
anterior; Se construyó en los Altos de Vallenilla un depósito conocido como
Caja de Agua por su forma de prisma rectangular. Lo que observamos ahora al
pasar por el lugar no es la famosa caja sino un cilindro, cuya capacidad
aproximada es de tres mil metros cúbicos, que sustituyó al reservorio original
al presentar filtraciones. La construcción del dique en cuestión impactó a la
población por su envergadura y estuvo en servicio hasta los años setenta
Si continuamos hacia el Este encontramos al río Aguasales, a veces llamado La Siria y
definitivamente mal llamado La Churca. Nace entre las filas de Aguasales y las
Perdices, entre 1600 y 1800 metros de altura y al igual que el río Norte en su
final, obsequia el Aguasales a la
muchachada guatireña el hermoso y emblemático pozo, La Churca, para que luzcan sus dotes clavadistas, aunque con
muchísimo riesgo físico, por lo que no lo recomendamos. Lo cierto es que a
pocos metros de La Churca los ríos Norte y Aguasales unen sus corrientes para formar otro de los íconos
toponímicos representativos de nuestra ciudad, el río Pacairigua, a veces mentado Santa Cruz por la terca comodidad
pueblerina de asociar el nombre de sus ríos a las haciendas de caña. Cerca de la entrada de Sojo, los ríos Guatire y Pacairigua se unen, y se impone el nombre de este último hasta su
confluencia, en El Calao, con el río Grande,
que a muchos kilómetros de allí recibirá también las aguas de los ríos Araira, Chuspita y Morocopo para adentrarse en territorios del municipio Acevedo.
Además de La Churca, el río Aguasales ofrece a los
guatireños amantes de la naturaleza, el salto Manuel Ángel González una bellísima
cascada de difícil acceso pero que recompensa el esfuerzo; son aproximadamente
tres horas y media de camino. Se recomienda ir en grupo.
Ya en la acogedora parroquia Bolívar tenemos el río
Araira que nace en las estribaciones
montañosas que conforman los topos El Oso y Cogollal a una altura que varía
entre los 1600 y 1800 metros sobre el nivel del mar. Ofrece a los lugareños el
balneario conocido como Capayita y desemboca en río Grande.
Si dejamos atrás la otrora Colonia y nos adentramos
un poco en busca del famoso lar de las mandarinas, nos encontramos primero con
el río Chuspita, que nace en las
vertientes Este y Sur del topo Majagual, a unos 1400 metros sobre el nivel del
mar, y drena entre Las Pavas, topo Redondo y topo El Camejo; es el río de mayor
longitud en nuestro municipio; desemboca también en el río Grande, que recoge
todas las aguas guatireñas con excepción del río Salmerón.
El río Salmerón
nace en los sectores conocidos como Brazo Grande y Brazo Chiquito, montaña
adentro, entre topo Redondo y la Fila del Viento, aproximadamente a 1.000
metros de altura. Se nutre con Quebrada Honda y se dirige a la Fila de las Perdices y confluye en la quebrada de El Bagre, en el
sector Las Tapas, a partir de ese lugar pasa llamarse río Capaya, que nace en territorio zamorano y luego se dirige a regar
los valles del municipio Acevedo, donde decae topográfica y ambientalmente.
Las montañas de Santa Rosalía y El Amarillo, a una
altura relativamente baja de entre 400 y 600 metros, dan vida al río Cupo, que se nutre de las quebradas de
María, los Saltrones y El Amarillo; drena también hacia el río Grande.
Por la parte Sur es poca el agua que riega tierras
guatireñas, pero allí tenemos al río Morocopo,
que nace entre las filas de Morocopo y Tierra Negra, al sudeste de Cupo y
desemboca en río Grande, en el sector
Los Jobos del Municipio Acevedo. Es precisamente ese río Grande que tantas veces hemos mencionado, el mayor colector de las
aguas zamoranas, y el único que no mana de nuestras montañas. Se le conoce
también como río Guarenas que cambia el nombre al entrar en cada municipio,
porque tampoco hace en esa población. Se extiende por todo el flanco sur del
municipio y su cauce natural fue modificado en parte por la construcción de la
autopista de Oriente. Tiene el dudoso honor de recibir también las aguas
servidas de Guarenas y Guatire, efectos estos que llegan al río sin ningún tipo
de tratamiento.
En cuanto a las quebradas, la conocida con el poco
elegante nombre de Cañaote del Barrio,
otrora tuvo una denominación más ostentosa -como lo estableció René García Jaspe:
los indios la llamaban Taparaquao o
quebradas de las taparas, y por su cauce fluía agua clara de manera constante. Otra
quebrada que vio pasar mejores tiempos fue la de Care, cuyas aguas también fluían de manera permanente. Por los
lados de la Urbanización La Rosa (donde nunca hubo flores sino gamelote que los
vecinos acudían a rozar, en busca de alimentos para los animales domésticos,
por lo que la llamaron simplemente “la
roza”). Cerca del CEMAG está la porfiada quebrada Muñoz, que en su terco discurrir se negó a morir ante la acción
urbanística y reapareció a poca distancia con otro nombre, laguna La Rosa, para ver si la dejaban quieta
pero ahora es peor. En la Urbanización Las Casitas fluía la quebrada Tapaima, nombre original de esa comunidad por sugerencia de Jesús María Sánchez. Por
otra parte, en El Rodeo, en un sector hoy llamado Altamira, muy cerca del botadero de basura, también corre una
quebrada que en algún momento llegó a ser de mucha utilidad a los agricultores
de la región, hasta que vino el progreso y le interpuso un basurero. En su
mejor época llegó a conocerse como la quebrada de Ceniza, cuando sus aguas regaron este pequeño valle ubicado en la
entrada de Araira. Por su parte, el cauce de la quebrada de Canela sólo corría agua durante el
invierno tropical. Otra quebrada importante es la de Tio Pedrote, que nace en Casupal y desemboca en el pozo La Llovizna
en Chuspita de Lima; de allí es Oscar Muñoz Lima. Referencia obligada de la
geografía guatireña; Iginio Palacios, vecino del sector, indica que su
corriente es permanente, fluye todo el año.
Nuestros ríos son nobles, resisten el desinterés de
las autoridades y la desidia de muchos usuarios; a veces se molestan y pasan
factura con crecidas en las que paga la ciudadanía entera. Preservarlos no es
difícil ni costoso. Nelly Pittol, por ejemplo, insiste en la importancia del
bambú que crece en sus márgenes, como elemento natural de contención de sus
aguas. Así que tenemos una tarea pendiente.
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